En la verdadera curación, la naturaleza y el nombre de la enfermedad física, sea cual fuere, carece completamente de importancia. La enfermedad del cuerpo en sí misma no es nada más que el resultado de la falta de armonía entre el alma y la mente. Es sólo un síntoma de la causa, y como la misma causa se manifestará en forma diferente en cada individuo, lo que se debe buscar es eliminar la causa, y las secuelas, cualesquiera que sean, desaparecerán automáticamente.
Por ejemplo, el miedo hace reaccionar a las personas en forma diferente: algunos palidecen, otros se sonrojan o bien se ponen histéricos o se quedan sin habla. Expliquémosles el miedo, demostrémosles que son suficientemente grandes como para superar y enfrentar cualquier cosa y entonces nada podrá asustarlos de nuevo. A un niño no le importarán las sombras en la pared, si le entrega una vela y se le enseña cómo puede hacer bailar esas sombras a su gusto.
Durante mucho tiempo hemos atribuido a los gérmenes, el clima o la comida la causa de nuestras enfermedades, sin embargo, muchos de nosotros somos inmunes a una epidemia de influenza, algunos disfrutan felices la sensación que provoca el viento, otros pueden comer café con queso tarde por la noche, sin consecuencias nocivas. Sólo cuando permitimos que la duda y la indecisión, la depresión o el miedo se deslicen insidiosamente en nosotros, es que nos tornamos vulnerables a las influencias externas.
Esta es, por lo tanto, la verdadera causa de la enfermedad, que debe considerarse como máxima importancia: el estado mental del paciente y no la condición de su cuerpo: una leve alteración en su forma de vida, una pequeña idea fija que lo hace intolerante a los demás, o un equivocado sentido de la responsabilidad que lo mantiene esclavizado, es la causa del desequilibrio.
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