Dios nos ha otorgado una personalidad muy propia, también nos ha dado una tarea específica que realizar, que nadie más puede hacer, y un camino particular a seguir, que nadie debe interferir.
Las interferencias ocurren en toda vida; son parte del Plan Divino y son necesarias para que aprendamos a superarlas resueltamente. En realidad, podemos considerarlas como oponentes realmente útiles, puestas simplemente allí para ayudarnos a aumentar nuestras fuerzas, y comprender nuestra Divinidad y nuestra invencibilidad. También debemos saber que sólo cuando permitimos que esas interferencias nos afecten, es cuando crecen en importancia y tienden a obstaculizar nuestro desarrollo.
Cuantas más dificultades aparentes se presenten en nuestro camino, tanto más seguros estaremos de que nuestra misión vale la pena. Galileo Galilei creía que el mundo era redondo, contra la incredulidad de todo el mundo, y el Patito Feo se convirtió en cisne a pesar del desprecio de toda su familia.
No tenemos derecho a interferir en la vida de nadie. Cada uno de nosotros tiene su propia tarea y solamente nosotros disponemos de la energía y el conocimiento para hacerla a la perfección. Sólo cuando olvidamos este hecho y tratamos de interferir en las tareas de otro, o permitimos que lo hagan en la nuestra, aparecen la fricción y la falta de armonía en nuestro ser.
Esta falta de armonía – la enfermedad – se manifiesta en el cuerpo simplemente porque el cuerpo sirve para reflejar las tareas del alma, en la misma forma en que la cara refleja la felicidad por medio de la sonrisa, o mal genio por el fruncimiento del ceño. Lo mismo sucede con las cosas más importantes: el cuerpo refleja las verdaderas causas de la enfermedad (tales como el miedo, indecisión, duda, etc) mediante los desórdenes de sus sistemas y tejidos orgánicos.
La enfermedad, por lo tanto, es el resultado de la interferencia: interferir nosotros en alguna persona o permitir que los demás intervengan en nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario