domingo, 31 de octubre de 2010

Lección 1: Libérense Ustedes Mismos

La salud depende de la armonía con nuestras propias almas

Es de primordial importancia que el verdadero significado de la salud y la enfermedad sea claramente comprendida.

La salud es nuestra herencia; nuestro derecho. Es la unión total y absoluta entre el alma, la mente y el cuerpo, y no es un ideal demasiado lejano ni difícil de alcanzar; por el contrario, es tan fácil y natural que ha pasado desapercibido para muchos de nosotros.

Todas las cosas terrenales no son más que interpretaciones de las cosas espirituales. La más pequeña e insignificante de las ocurrencias tiene detrás un propósito divino.

Cada uno de nosotros tiene una misión divina en este mundo, y nuestras almas usan nuestras mentes y nuestros cuerpos como instrumentos para la realización de esta tarea; de esa forma, cuando los tres están trabajando al unísono, el resultado es la salud y la felicidad perfecta.

Una misión divina no significa necesariamente sacrificio, retirarse del mundo o rechazar los placeres de la belleza y la naturaleza; por el contrario, significa disfrutar más y mejor de todas las cosas. Significa hacer el trabajo de la casa, cultivar una granja, pintar, actuar o servir a nuestros semejantes en la forma que sepamos. Y esta tarea, cualquiera que sea, si la amamos por sobre todas las cosas, será el definitivo mandato de nuestras almas; la tarea que estamos llamados a ser en este mundo y el único es que podremos ser nosotros mismos, interpretando de una forma material y cotidiana el mensaje del verdadero Yo. Nuestra salud y nuestra felicidad serán, así, las que nos permitan juzgar hasta dónde hemos interpretado bien este mensaje.

En el hombre perfecto existen todos los atributos espirituales y venimos a este mundo a manifestarlos de a uno por vez, así como a perfeccionarlos y fortificarlos de modo que ninguna experiencia ni dificultad pueda debilitarnos o apartarnos del cumplimiento de ese propósito.

Nosotros elegimos nuestras propias ocupaciones terrenales y las circunstancias externas que nos proporcionarán las mejores oportunidades de probarnos al máximo. Venimos con el conocimiento global de nuestra tarea específica; venimos con el inimaginable privilegio de saber que todas nuestras batallas están ganadas antes de entrar en combate; que la victoria es cierta aun antes de que llegue la prueba, porque nosotros sabemos que somos los hijos del Creador, y como tales, divinos, inconquistables e invencibles. Con este reconocimiento, la vida es un verdadero regocijo; las dificultades y las experiencias pueden considerarse como aventuras, porque si comprendemos plenamente el poder que tenemos y somos fieles a nuestra Divinidad, todas las dificultades se desvanecerán como la niebla bajo el sol. Para ello Dios otorgó a sus criaturas el dominio de todas las cosas.

Tan sólo con escucharlas, nuestras almas nos guiarán en cada circunstancia y en cada dificultad; la mente y el cuerpo, dirigidos por ella, pasarán por la vida irradiando felicidad y perfecta salud, tan libres de preocupaciones y responsabilidades como un confiado niño pequeño.

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